Ni tus ojos, ni tus piernas, ni el olor de tu cabello.

Todas esas cosas juntas quedaron en el lado del olvido en la memoria de Alberto un pequeño personaje con cara de herido, con las manos en el bolsillo como esperando que pasara algo.
María Lena es una mujer de 23 años con las piernas morenas, tibias al sol, con la cara crispada de experiencia, aquella tarde no se imagino la mirada del extraño, mucho menos la sonrisa conspiradora del corazón de ambos, era un sol y una tarde como cualquiera y un amor como ninguno lo que en ese momento sus almas sintieron.
Era la tarde el autobús de cinto cincuenta el pasaje, la barra de amaranto en la calle, fue una escena corta.
El corazón de Alberto latigaba de emoción no era necesario poner un nombre a esa escena ni, proponerle lo que no podía dar, era mirar o hacer algo pero no quedarse sin hacer algo, la necesidad en el corazón era más loca que la cabeza o la razón matemática en el tiempo, en aquel lugar se despedían olores a campo, a velas por los muertos de las constantes lluvias, a hiedra húmeda, a mujeres de cien años, a hombres de pequeños cuerpos y manos fraguadas de acero.
No era ni el instante mismo o todos sus años, no era las novias de su pasado.
Todo el pueblo se dio cuenta tirando miradas a matar su amor, a envenenar el alme de los ya en ese momento condenados a morir. Se puso a mover los pies y le dijo:
"No es el tiempo que pasamos juntos, ni la arena, ni todos estos años, ni el alba al cambiar el cielo yo había pasado la calle sin pensar en el misterio de cirios por lunas nuevas por el océano tan corto por las cenizas blandas, por tus manos hoyos, por las mías grietas por tu amor el coraje mismo del frio invierno, mi corazón ya no es más que el tímpano increíble que emana de mi pecho, no hay flujo en mis venas, solo odio soy esa sonrisa que debes ignorar esa caricia que no te merece ese rubor de arena que no te complace, ese mismo soy. Y debes saber que si mis manos te tocan no habrá camino de vuelta, solo uno enorme a la perdición eterna"
Termino así tocándose la camisa en el cuerpo que parecía de insecto, había recuperado algo de vida cuando la miro a los ojos, con pasos cortos pero sin que los nervios lo destrozaran abandono a la mujer, dejando atrás su miedo y sus pasos había quedado marcados en el lodo a medio secar, María Lena se quedo con ojos de asombro a escuchar su corazón toda esa tarde y hasta el amanecer.
María Lena es una mujer de 23 años con las piernas morenas, tibias al sol, con la cara crispada de experiencia, aquella tarde no se imagino la mirada del extraño, mucho menos la sonrisa conspiradora del corazón de ambos, era un sol y una tarde como cualquiera y un amor como ninguno lo que en ese momento sus almas sintieron.
Era la tarde el autobús de cinto cincuenta el pasaje, la barra de amaranto en la calle, fue una escena corta.
El corazón de Alberto latigaba de emoción no era necesario poner un nombre a esa escena ni, proponerle lo que no podía dar, era mirar o hacer algo pero no quedarse sin hacer algo, la necesidad en el corazón era más loca que la cabeza o la razón matemática en el tiempo, en aquel lugar se despedían olores a campo, a velas por los muertos de las constantes lluvias, a hiedra húmeda, a mujeres de cien años, a hombres de pequeños cuerpos y manos fraguadas de acero.
No era ni el instante mismo o todos sus años, no era las novias de su pasado.
Todo el pueblo se dio cuenta tirando miradas a matar su amor, a envenenar el alme de los ya en ese momento condenados a morir. Se puso a mover los pies y le dijo:
"No es el tiempo que pasamos juntos, ni la arena, ni todos estos años, ni el alba al cambiar el cielo yo había pasado la calle sin pensar en el misterio de cirios por lunas nuevas por el océano tan corto por las cenizas blandas, por tus manos hoyos, por las mías grietas por tu amor el coraje mismo del frio invierno, mi corazón ya no es más que el tímpano increíble que emana de mi pecho, no hay flujo en mis venas, solo odio soy esa sonrisa que debes ignorar esa caricia que no te merece ese rubor de arena que no te complace, ese mismo soy. Y debes saber que si mis manos te tocan no habrá camino de vuelta, solo uno enorme a la perdición eterna"
Termino así tocándose la camisa en el cuerpo que parecía de insecto, había recuperado algo de vida cuando la miro a los ojos, con pasos cortos pero sin que los nervios lo destrozaran abandono a la mujer, dejando atrás su miedo y sus pasos había quedado marcados en el lodo a medio secar, María Lena se quedo con ojos de asombro a escuchar su corazón toda esa tarde y hasta el amanecer.

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